El tío amarillo
Andrea Grill

 

El tío era el hermano de mi madre, y para manejar siempre usaba zapatos especiales muy suaves, de piel italiana y suelas lisas, con los que, según él, podía sentir mejor el acelerador y el embrague. Cuando no los llevaba puestos, es decir, cuando no conducía su automóvil, los guardaba en la cajuela. Eran cafés y angostos, sin agujetas, para ponérselos de un solo tirón, y nunca los sacaba del vehículo. Otras personas quizás los usarían para bailar, él conducía con ellos. Siempre, antes de subirse al automóvil, abría la cajuela, sacaba sus zapatos de piel y los cambiaba por los que traía puestos en ese momento. Nunca lo vi sentarse al volante con otros zapatos que no fueran ésos para conducir. Siempre manejaba vehículos de marcas japonesas, como si no existieran otras. El tío tenía el pelo oscuro y, al pasar de los años, una calva a la mitad de la cabeza. Siempre llevaba camisas planchadas y la mayoría de las veces, una corbata. 


Cuando joven, le gustaba manejar hacia Italia, a Trieste o Venecia. Generalmente, su madre lo acompañaba. En esas ocasiones se compraban zapatos italianos y camisas o blusas. Actualmente sigo usando algunas de las prendas que el tío solía comprarle a mi abuela en estos viajes. Una de ellas es de color azul claro y la otra, beige. “Beige” es una palabra que aprendí del tío. La primera vez que la dijo, me sonó misteriosa, extranjera. Presumiblemente se trataba de zapatos, camisas y su combinación. Si tal vez este “beige” combinaba con el otro o no.  


El tío amaba los colores y las pláticas acerca de ellos. Sin embargo, era daltónico y no podía distinguir con claridad entre los matices del rojo y el verde. Por eso siempre acudía a su hermana, mi madre y su hermana mayor, para tomar consejo y saber si su camisa armonizaba con los pantalones y éstos, a su vez, con el saco. El tío era el segundo de los hijos, mi madre, la última. Cuando terminó sus estudios de electricista, empezó a trabajar en un banco, donde permaneció durante toda su vida. No obstante, muy pronto hizo que lo trasladaran de la pequeña filial pueblerina a una mayor en la capital. Así y todo siempre regresaba para la Navidad, con el fin de colgar las series de luces en el árbol navideño que montaban en la parte alta de la torre de la iglesia del pueblo. Esto lo hizo durante unos cuarenta años.  No únicamente decoraba cada año este árbol, sino también envolvía con foquitos los abetos blancos del jardín de su madre que estaba a solo una calle de la iglesia. Del mismo modo era él quien, en diciembre,  colocaba pinzas plateadas con velas en el árbol de la sala de su casa paterna¿Será acaso el cura mismo quien lo decorará ahora? No me queda duda de que aún vive, hace poco apareció en el periódico. El tío ya falleció.   


Un día se puso amarillo. Su rostro no se tornó gris, como el de los enfermos cuando ya no salen al aire libre y la oxigenación de su piel disminuye, no, él se puso amarillo, no amarillo limón, sino del color de un plátano que ha permanecido mucho tiempo, demasiado tiempo en el refrigerador y que ahora está lo suficientemente maduro para comerlo. A partir del momento en que se puso amarillo, solamente lo vi unas cuantas veces. Él ya no quería ver a nadie, al menos, a ningún integrante de la familia. Cada vez iba con menos frecuencia al jardín de la abuela. Al principio yo lo atribuía al hecho de que su madre ya casi nunca se sentaba en el jardín. Mucho tiempo después me di cuenta de que simplemente a esas alturas ya no estaba en condiciones de venir, que ya no podía manejar, que sus zapatos para conducir estaban desde hacía semanas sin utilizarse en la cajuela y él, en cama, en su departamento de la capital, el cual yo había visitado por última vez a los catorce años, cuando mi madre lo ayudó a colgar las cortinas. Aparentemente en aquel entonces las acababa de adquirir y quería que ella lo aconsejara acerca de su color, si el "beige" armonizaba con la alfombra, la funda de los sillones y el verde de los sofás. Todavía puedo verlo trepado en el sofá en calcetines, con los brazos estirados sosteniendo las cortinas en lo alto, para que su hermana, de pie sobre una silla junto a la ventana, pudiera engancharlas en el cortinero. La evocación del departamento del tío, así como de la ciudad donde vivía, me provoca siempre una sensación agradable, a pesar de que nunca más lo visité después de ese día que colgamos las cortinas y sólo rara vez venía a la ciudad.  


En mis recuerdos, el tío siempre aparece en algún lugar en pantuflas o calcetines, de pie sobre un sofá o sillón. Le gustaba sacar fotos y muchas veces se subía en algo con ese fin, ya fuera una silla, un sillón o bien sobre la mesa de la cocina, para obtener una perspectiva distinta, como él decía. Con su camisa a cuadros, que revelaba haber sido recién planchada, se paraba sobre una silla de la cocina y nos fotografiaba sentadas a la mesa, comiendo pastel. Nuestras bocas se tornaban enormes en esas fotografías, y la luz del flash nos hacía vernos muy pálidas, pálidas como los paños de lino que usaba para planchar sus camisas. 


Cada domingo por la tarde, el tío se paraba en la cocina de su madre junto a la credenza, como ella llamaba al mueble, y planchaba.  Cerca de él estaba un canasto para la ropa y al lado de éste, un rociador de ropa, esto es, una botella de plástico color turquesa con una tapa roja con orificios, como los de una regadera. Sobre la credenza estaba un paño de franela de lino color de rosa con cintas blancas en las orillas. Cada camisa que tomaba del canasto, la rociaba profusamente con el agua de la botella. Tenía cierta fijación con los cuellos y los puños y no se cansaba de repasarlos una y otra vez con la plancha caliente. Cuando planchaba unos pantalones, los rociaba aún con mayor prodigalidad y los cubría con un trapo de cocina a cuadros azules antes de comenzar a planchar. “Trabajo en un banco”, decía, cuando le expresaba mi asombro por su esmero. “No puedo darme el lujo de andar por ahí con la ropa arrugada. Todos en el banco usan camisa y corbata. Y definitivamente, yo también”. Ya que cada día le era imprescindible ponerse una camisa limpia, el domingo tenía que planchar al menos siete camisas, a veces ocho o incluso diez, si durante la semana había habido un seminario. Para participar en uno era necesario cambiarse de camisa también por la noche.  


El tío fue el primer hombre al que vi planchar. Parecía que se divertía haciéndolo, sí, evidentemente lo disfrutaba. Cuando terminaba, o tomaba un descanso los días que planchaba más de siete camisas, su madre colocaba de nuevo la cafetera en la credenza. Es que mientras él planchaba, ésta debía trasladarse al radiador, ya que la credenza estaba ocupada por las camisas y los trapos de lino. En cuanto la cafetera retornaba a su lugar original, ponía el tío unas cucharadas de café molido en el filtro, añadía agua y presionaba el botón de encendido. Era conocido por ser un bebedor de café cargado y también por ser en la familia quien preparaba el mejor. Es un enigma cómo lo lograba, ya que la máquina era la misma, y otro tanto eran el agua, el café y el botón. Cuando estaba en casa, era él el encargado de prepararlo. Los demás ya ni siquiera tocaban la cafetera. A menudo, y a altas horas de la noche, bebía una taza de café negro, incluso después de la media noche, pues a diferencia de todos los demás, que preferían tomarlo con la mayor cantidad de leche posible, él lo bebía solo. Rara vez consentía que su madre le vertiera una diminuta gota de  leche en su taza. Es que ella pensaba que era más sano tomar café con leche. Él se acostaba muy entrada la noche, y leía novelas policíacas hasta la madrugada, o veía películas de Alfred Hitchcock por televisión. Me heredó dos estantes de libros de Edgar Wallace y Sherlock Holmes. En cambio, se levantaba muy tarde y se sentaba a la mesa de la cocina para desayunar cuando los demás ya querían comer. En seguida preparaba café y todos se alegraban, pues temprano en la mañana se debieron conformar con beber los restos recalentados que habían sobrado de la noche anterior. 


Cuando fui mayor, de vez en cuando intentaba convencerlo para que me invitara a su departamento en la capital. Le avisaba cuando tenía algún pendiente ahí, cuando iba a una exposición o a un espectáculo, y siempre esperaba que me dijera: “Ven a verme”. Nunca lo dijo. A posteriori pienso que este hecho debió haberme parecido extraño. ¿Extraños los ramos de flores con que obsequiaba a todas las mujeres de la familia el día de San Valentín? ¿Extrañas las pulseras brillantes que traía de sus viajes a Tailandia o China para todos los niños? ¿Extraño el hecho de que sin duda traía joyería, pero nunca una mujer?  En realidad, nunca traía a nadie al jardín de su madre. Siempre venía solo, y solo se bajaba de su automóvil japonés y guardaba sus zapatos para manejar en la cajuela. Solo también leía sus novelas policíacas en la cama, solo se levantaba y nos preparaba café, e igualmente solo manejaba de regreso a la capital. Por lo menos en los últimos años las cosas fueron así. Ciertamente antes había llevado a su madre una que otra vez, quien se quedaba con él en la ciudad durante algunos días y lo ayudaba a elegir nuevas sábanas de los colores adecuados; o bien, a su hermana mayor, mi tía, quien lo acompañaba de compras. Por curioso que parezca, nunca se me ocurrió preguntar, jamás tuve la idea de visitarlo por iniciativa propia o de presentarme en su casa sin previo aviso. Quién sabe, quizás me hubiera abierto la puerta. 


Tampoco sé  cuándo fue la última vez que lo vi. Quizás en el entierro de su padre. Acaso en la cocina de su madre, donde ya no se subía a los sillones, ya no planchaba, sino que para entonces ya también se sentaba a la mesa como todo el mundo y bebía su café. En esa ocasión todavía fue él quien puso el café recién molido en la cafetera. Es muy probable que haya sido en la cocina de su madre. En realidad, era exclusivamente ahí donde me encontraba con él. No coincidíamos en ningún otro lugar. Sea como sea ya estaba amarillo en aquel entonces, cuando lo vi por última vez. 


Su partida fue súbita e inesperada. Sin duda una muerte siempre llega de manera súbita e inesperada, sin embargo ésta lo fue aún más. Nadie se había percatado de su mala salud. Nadie lo pudo cuidar. Nadie se despidió  de él. 


Mientras vivió  me olvidé de conocerlo. Cuando partió, descubrí, que teníamos muchas cosas en común. Las obras reunidas de Tchaikovsky, por ejemplo. Una guía de óperas. Pañuelos de tela con hoyos en las esquinas. El que a menudo dejara libros abiertos por doquier, y que utilizara tijeras o destapadores de botellas como separadores de hojas. Descubrí que le gustaba pasar las veladas en un restaurante de las afueras de la ciudad, un establecimiento con techos recubiertos de madera y taburetes tapizados, donde se reunía con gente que no llevaba camisas ni pantalones planchados y que desplegaban una sonrisa radiante cuando veían al tío sentado a su mesa habitual. Estas personas no trabajan en un banco y nunca han participado en un seminario. Con excepción de aquéllos que de paso, o en passant como él hubiera dicho, ya que le gustaba usar palabras elegantes, sin darse cuenta coincidían con él  por la noche mientras tomaban una copa de vino. Descubrí que en su tiempo libre le impartía clases de Matemáticas a un recluso, que poseía tazas con bordes dorados y vasos de cristal.  


Ahora que el tío estaba muerto, de repente había traído a alguien. Mas este alguien no era una persona cualquiera, y ciertamente nunca visitó el jardín de mi abuela. Se trataba de un joven bien parecido quien, según el dicho de la gente del pueblo, había derrochado todo el dinero del tío y lo había dejado en un completo estado de abandono. Algunas voces se levantaron para decir lo que sabían, creían o habían oído acerca del aspecto que presentaba el departamento del tío los últimos días, que por todas partes había ropa y platos sucios y que ni siquiera la cama estaba limpia. Decían, indignados, que era una verdadera vergüenza que hubieran permitido tal grado de deterioro y repetían esta historia a todo aquél que quisiera escucharla. Sus hermanas oían los rumores y se espantaban, mas guardaban silencio. 


Si el desorden del departamento había provocado su espanto, más aún lo causó  la presencia del joven apuesto que, según él mismo les relató, había convivido estrechamente con él durante varios años. Incluso en los últimos meses habían vivido juntos. Me sorprendí al oírlo hablar de un tío que era completamente distinto al que yo había conocido, y de que en los treinta años que lo traté nunca me percaté de que prefería la compañía de hombres jóvenes que la de mujeres. Aunque crecí con muchas dudas, nunca me preocupó saber por qué era él el único hombre de la familia que no se había casado ni siquiera una vez; es más, de haber seguido vivo, probablemente aún no me hubiera enterado del motivo. Es muy posible que hubiera necesitado cumplir los años que él tenía al morir para poder darme cuenta de las cosas por mí misma, ya que nadie me lo habría dicho. El espanto dio lugar al asombro, y ahora que el tío se había vuelto inaccesible y nunca más podría opinar acerca del asunto, los parientes comenzaron a hablar a voces sobre la forma tan inusual en que se divertía en su tiempo libre, al menos sobre aquellos momentos que no estaba en el jardín de su madre o junto al burro de planchar. 


Ahora caía yo en la cuenta de que tal vez no había ido solo a los muchos viajes que realizó, y cuyas fotografías, a su regreso, esparcía durante horas sobre la mesa de la cocina. En ellas, sin embargo, nunca aparecía nadie más que él. Él, con su playera de flores y una serpiente gigantesca alrededor del cuello. Él, frente a un colorido templo balinés. Él, asoleándose sobre un camastro tailandés. Él, con un sombrero de paja. Él, con una cámara al pecho. Él, frente a las pirámides. Él, frente a una enorme copa de helado de frutas. Sin amigos, sin conocidos. Y, aunque siempre lo había acompañado algún joven, nunca nos mostró sus fotografías. 


Uno de ellos conservó durante mucho tiempo la llave de su departamento. A él se le achacó la desaparición de todo aquello que no se encontró al limpiar la casa y de lo que se tenía certeza que debería estar ahí. Nadie consideró la posibilidad de que este extraño pudiera sentir tristeza por la pérdida del tío, que tal vez quisiera o tuviera el derecho a heredar algunos relojes de pulsera y dispositivos de sonido. 


Al tío lo enterraron en el pueblo. Sus conocidos y amigos de la ciudad llegaron al campo, se apostaron en el cementerio que estaba aún más cerca de la casa de su madre que la iglesia, y el párroco, cuyo pino ahora alguien más debería decorar cada año, pronunció un largo sermón. 


El cementerio estaba en la calle que conducía a las montañas. Tras las tumbas comenzaba el bosque, un espeso bosque de abetos. Al tío lo depositaron en la tierra a un metro de distancia de su padre, a quien poco tiempo antes también habían sepultado en los mismos cuatro metros cuadrados de tierra boscosa. Pocos días después colocaron una lápida con dos fotografías ovaladas y enmarcadas frente a la cruz de madera clara que ya se encontraba en el lugar y que ostentaba sus nombres y apellidos. 


Al finalizar las últimas oraciones, el joven bien parecido partió de prisa. La dueña del restaurante en las afueras de la ciudad que el tío frecuentaba regularmente nos acompañó a la cantina. Después de un funeral siempre se va ahí para aliviar el frío o el calor, de acuerdo con la estación del año y el clima, y las demás penalidades que provoca tal acontecimiento. La acompañaban otros hombres y mujeres, también clientes asiduos del mencionado restaurante, que tenían rostros que no inspiraban confianza. Rostros citadinos. Rostros multicolores, de cualquier color salvo “beige”. Todos ellos eran personas amables, que únicamente platicaban cosas agradables del tío.  
A mí  también me hubiera agradado el joven, sin embargo, nunca lo volví a ver. Un día me llamó un empleado del banco donde había trabajado el tío. Me dijo que tenía una cuenta de ahorros para mí. Mas para poder retirar el dinero, necesitaba saber una palabra clave. Yo la conocía muy bien. Era el nombre de quien ahora yacía junto a él bajo tierra.

(Traducción del alemán de Mónica Kuhlmann Zamora)